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Cacique Seattle

mi茅rcoles, mayo 2, 2012 @ 02:05 PM
posted by josue19

Cacique Seattle

El gran jefe de Washington ha mandado decir que desea comprar nuestra tierra. El gran jefe nos ha asegurado tambi茅n su amistad y benevolencia. Esto es amable de su parte, pues bien sabemos que el no necesita nuestra amistad.

Vamos, sin embargo a pensar en su oferta, que sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco vendr谩 con armas y tomara nuestra tierra. El gran jefe de Washington puede confiar en lo que dice el jefe de Seattle con la misma certeza que con nuestros hermanos blancos pueden confiar en el cambio de las estaciones del a帽o. Mi palabra es como las estrellas. Ellas no palidecen.

Como puedes comprar o vender el cielo y el calor de la tierra? Tal idea nos es extra帽a. Si no somos due帽os de la pureza del aire o del resplandor del agua. Como puedes entonces comprarlos?

Cada terr贸n de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada hoja reluciente del pino, cada playa arenosa, cada velo de neblina en la oscura selva cada claro del bosque y cada insecto que zumba son sagrados en las tradiciones y en la conciencia de mi pueblo. La savia que circula por los arboles lleva consigo los recuerdos del hombre rojo.

El Hombre blanco olvida su tierra natal cuando, despu茅s de muerto, va聽 cabalgar entre las estrellas. Nuestros muertos nunca olvidan esta hermosa tierra, pues ella es la madre del hombre rojo. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas. El venado, el caballo y la gran 谩guila son hermanos nuestros. Las cumbres rocosas y las campi帽as verdeantes, el calor de los ponis y el del ser茅 humano, todos pertenecen a la misma familia.

Por eso cuando el gran jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestra tierra, exige mucho de nosotros. El gran jefe manda decir que va a reservar para nosotros un lugar en el que podamos vivir c贸modamente. El ser谩 nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso vamos a considerar tu oferta de compra de nuestra tierra. Pero no va a ser f谩cil, porque esta tierra es sagrada para nosotros.

Esta agua brillante que corre por los r铆os y arroyos no es solo agua, sino tambi茅n la sangre de nuestros antepasados. Si te vendiera la tierra deber谩s acordarte de que es sagrada y cada reflejo en el espejo del agua transparente de los lagos cuenta las historias y los recuerdos de la vida de mis pueblos. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los r铆os son nuestros hermanos. Sacian nuestra sed. Los r铆os transportan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si te vendemos nuestra tierra habr谩s de recordar y de ense帽ar a tus hijos que los r铆os son nuestros hermanos y tambi茅n tuyos y tendr谩s que tratar a los r铆os con la misma amabilidad que otorgar铆as a un hermano. Tendr谩s que recordar cuando el ultimo 谩rbol haya sido abatido,聽 cuando el ultimo pez haya sido pescado, solo entonces daremos cuenta que no se puede comer el dinero.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Para 茅l un lote de terrenos es igual al otro, porque es un forastero que llega en el silencio de la noche y arrebata de la tierra todo lo que necesita. La tierra no es su hermana, si no su enemiga. Y despu茅s de conquistarla se marcha. Deja tras de s铆 las tumbas de sus antepasados y no le importa. Arrebata la tierra de las manos de sus hijos y no le importa. Olvida la sepultura de sus padres y el derecho de sus hijos a la herencia. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el Cielo, como cosas聽 que se pueden comprar, saquear, vender como ovejas o quincaller铆a reluciente. Su voracidad arruinara la Tierra, dejando tras de聽 s铆 solo desierto.

No s茅. Nuestros modos de proceder difieren de los tuyos. La visi贸n de tus ciudades causa tormento a los ojo del hombre. Pero tal vez sea asi porque el hombre rojo es un salvaje que no entiende nada.

 

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No hay ni un lugar tranquilo en la ciudades del hombre blanco. No hay un lugar en el que se pueda o铆r el brotar de las hojas en la primavera o el revolotear de las alas de un insecto. Pero tal vez eso se deba a que yo soy un salvaje que no entiende nada.

El ruido no sirve m谩s que para insultar a los o铆dos. Y que vida es esa en la que un h hombre ya no puede o铆r la vos solitaria de un curiango, la conversaci贸n de los sapos junto al pantano?聽 Soy un hombre rojo y no entiendo nada. El indio prefiere el suave susurro del viento acariciando la superficie de un lago y el aroma del mismo viento, purificado por una lluvia e mediod铆a u oliendo a pino.

El aire es muy valioso para el hombre rojo, porque todas las criaturas participan de la misma respiraci贸n, los animales, los 谩rboles y el ser humano. Todos participan de la misma respiraci贸n. El hombre blanco no parece percibir el aire que respira. El hombre blanco no parece percibir el aire que respira. Como un moribundo en la prolongada agon铆a, es insensible al aire f茅tido. Pero si te vendemos nuestra tierra hablas de acordarte de que el aire es precioso para nosotros. Que el aire reparte el esp铆ritu con toda la vida que el sustenta. El viento que dio a nuestro bisabuelo su primer soplo de vida recibe tambi茅n su 煤ltimo suspiro. Y si te vendemos nuestra tierra, deber谩s mantenerla reservada, hecha un santuario, como un lugar al que el mismo hombre blanco pueda ir para saborear el viento, endulzado con la fragancia e las flores del campo.

As铆 pues, vamos a considerar tu oferta de compra聽 de nuestra tierra. Si decimos aceptar, lo hare con una condici贸n: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como si fueran hermanos.

Soy un salvaje y no consigo pensar de otro modo. He visto millares de bisontes pudri茅ndose en la pradera abandonados por el hombre blanco que los abat铆a a tiros disparados desde un tren en movimiento, soy un salvaje y no entiendo como un humeante caballo de hierro puede ser m谩s importante que el bisonte que nosotros, los indios, matamos 煤nicamente para sustento de nuestras vidas.

聽Que es el hombre sin los animales? Si todos los animales se acabasen, el hombre morir铆a de soledad de esp铆ritu. Porque todo lo que les sucede a los animales, le sucede luego tambi茅n al hombre. Todo est谩 relacionado entre s铆.

Deb茅is ense帽arles a vuestros hijos que la tierra donde pisa simboliza las cenizas de nuestros antepasados. Para que tengan respeto a los padres, cu茅ntales a tus hijos que la riqueza de la tierra son las vidas de nuestros parientes. Ens茅帽ales a tus hijos lo que nosotros hemos ense帽ado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo cuando hiere a la tierra, hiere a los hijos e hijas de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, escupen sobre si mismos.

Una cosa sabemos: que la Tierra no le pertenece al hombre. Es el hombre el que pertenece a la tierra.

De eso estamos ciertos. Todas las cosas est谩n relacionadas entre s铆 como la sangre que une a una familia. Todo est谩 relacionado. Lo que hiere a la tierra, hiere tambi茅n a los hijos e hijas de la tierra. No fue el hombre el que teji贸 la trama de la vida: 茅l es solo un hilo de la misma. Todo cuando haga con la trama se lo har谩 a s铆 mismo.

Nuestros hijos han visto a sus padres humillaos en la derrota. Nuestros guerreros聽 sucumben bajo el peso de la verg眉enza. Y tras la derrota pasan el tiempo sin hacer nada, envenenado su cuerpo con alientos endulzados y bebidas fuertes. No tiene mucha importancia donde pasaremos nuestros 煤ltimos d铆as. Estos no son muchos. Algunos horas m谩s, algunos inviernos quiz谩s, y ninguno de los hijos d la grandes tribus que vivieron en estas tierras o que hayan vagado en grupos por la bosques quedara para llorar sobre los t煤mulos, un pueblo que un d铆a fue tan poderoso y lleno de confianza como el nuestro.

Ni el hombre blanco con su Dios, con el que anda y con quien conversa de amigo a amigo, queda al margen del destino com煤n… podr铆amos ser hermanos a pesar de todo. Vamos a ver. Estamos ciertos de que el hombre blanco llegara tal vez a descubrir, un d铆a, una cosa: nuestro dios es el mismo Dios.

Quiz谩s pienses que lo puedes poseer de la misma manera que deseas poseer nuestra tierra. Pero no puedes. 脡l es el dios de la humanidad entera. 脡l tiene la misma piedad para con el hombre rojo y para con el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para 茅l. Causar da帽o a la tierra es despreciar a su creador.

Los blancos tambi茅n han de acabarse un d铆a. Puede que m谩s temprano que todas las damas razas. Seguid adelante! Ensuciad vuestra cama! Una noche vais a morir ahogados en vuestros propios excrementos!

Sin embargo, al es parecer, brillaran con fulgor, abrasados por la fuerza de Dios que los trajo a este pa铆s y los destino a dominar esta tierra y al hombre conseguimos imaginarnos como ser谩 cuando los bisontes hayan sido masacrados, los caballos salvajes domesticados, los rincones m谩s apartados del bosque infestados por el olor e mucha gente y las colinas ondulantes cortadas por los hijos que hablan.

 

聽聽聽聽聽聽聽聽聽聽聽聽聽聽聽 Donde ha quedado el bosque? Se acab贸. Donde estar谩 el 谩guila? Se fue. Que significa decirle adi贸s al poni ligero y a la caza? Es el fin de la vida y el comienzo de la supervivencia.

Por alg煤n designio es y el comercial, Dios os ha dado el dominio sobre los animales, los bosques rojo. Pero ese designio es para nosotros un enigma.

Tal vez lo comprender铆amos si conoci茅semos los sue帽os del hombre blanco, si supi茅semos cuales son las esperanzas que trasmite a su hijos e hijas en las largas noches de envi茅 que ofrece a sus rno y cuales las visiones de futuro mentes para que puedan formular deseos para el d铆a de ma帽ana.

Pero somos salvajes. Los sue帽os del hombre blanco siguen ocultos para nosotros. Y por estar ocultos, hemos de aminar solos nuestro propio camino, pues por encima de todo, preciamos el derecho que cada uno tiene de vivir conforme desea.

Por eso, si el hombre blanco lo consiente, queremos ver garantizadas las reservas que nos prometi贸. All铆 quiz谩s podamos vivir nuestros 煤ltimos d铆as conforme deseamos.

Despu茅s que el 煤ltimo hombre rojo haya partido y s u recuerdo no pase de ser la sombra de una nube flotando sobre las praderas, el alma de mi pueblo seguir谩 viviendo en estos bosques聽 y playas, porque nosotros las hemos amado como un reci茅n nacido ama al palpitar del coraz贸n de su madre.

Si te vendemos聽 nuestra tierra, amala como nosotros la am谩bamos, prot茅gela como nosotros la proteg铆amos. Nunca olvides como era esta tierra cuando tomaste posesi贸n de ella.

Y con toda tu fuerza, con tu poder y con todo tu coraz贸n, cons茅rvala para tus hijos e hijas y amala como Dios nos聽 a todos.

Una cosa sabemos: nuestro dios es el mismo dios. Esta tierra le es sagrada. Ni siquiera el hombre blanco puede eludir el destino com煤n a todos nosotros.

 

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