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Arce valladares, Manuel José

Poeta y dramaturgo.
Manuel José Arce nació en Guatemala el 13 de mayo de 1935, hijo de Manuel José Arce y Valladares y Margarita Leal Rubio.
Poeta, dramaturgo y columnista de prensa. Fue reconocida su columna Diario de un Escribiente, que publicó en el matutino El Gráfico entre 1963 y 1979.
Es uno de los grandes exponentes del teatro experimental en Latinoamérica.
Por la violencia imperante en Guatemala se fue al exilio a Francia, donde murió el 22 de septiembre de 1985.
Los años de su vida, muchos de ellos vividos en épocas de pesadumbre y oscuridad política, están deletreados con melancolía en sus páginas del Diario de un Escribiente. En el cual, metafóricamente describe ese país que amó, con toda su violencia dolorosa, con su muerte indiferente, con su hambre perenne, con toda esa pobreza amarga que por ser inmutable y vieja, el decía que parecía ser un incomprensible castigo divino. Sin embargo, Manuel José siempre encontró el momento feliz y el lado hermoso que tenía cada día, con la sensibilidad natural de los niños y el humor chispeante, pícaro y mordaz del universitario.
Ese estudiante que fue inagotable en su espíritu huelguero.En ese sentido son inagotables las anécdotas salpicadas de un humor lleno de genialidad, a veces muy fino a veces terrible, que recuerdan todos sus amigos en las distintas épocas de su vida. Precisamente esto implica otra de sus cualidades inolvidables, tenía una capacidad extraordinaria para hacer amistades, sin importar condiciones sociales y económicas, sin importar el oficio y la edad. Eso en gran parte se debía a que era un platicador incansable, un imaginativo conversador que emprendía diálogo con facilidad sobre cualquier cosa de la vida cotidiana. Eso le hacía perder la noción del tiempo frecuentemente, y de pronto se le había hecho tarde, a veces muy tarde, muchísimas veces demasiado tarde… para seguirle el paso al reloj, a los horarios establecidos o a las agendas rigurosas. Considero que por esas vicisitudes le fascinaba la noche. No sólo porque además poseía una bohemia memorable, sino porque entonces sin distractores, escribía con esa habilidad creativa que es inmensamente valorada hoy. Hasta las palabras más rusticas las transformaba en un deleite para los sentidos. Con regularidad sus siete ensayos periodísticos semanales los escribía el domingo por la noche encerrado en su estudio de la vieja casona del callejón Delfino, escuchando jazz y charlando con los “vecinos” del Guernica de Picasso que colgaba de la pared, mientras bebía café y fumaba interminablemente. Por esa extraña fusión de cualidades .