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Lagrima del cielo,

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Archive for the ‘9 Cuento/Leyenda’ Category

Leyendas del Corazón del Cielo en Guatemala.

viernes, septiembre 14, 2012 @ 12:09 PM
posted by josue19
Cuentan los indígenas kekchíes de Cobán que el Tzultak?a es el Dios del Maíz, es el Dios de las alturas, de las profundidades, de la abundancia, de los animales.
Celso A. Lara Figueroa

Tambi√©n es el Se√Īor del Cerro, el Due√Īo del Mundo.¬† Los ind√≠genas pocomch√≠es de la regi√≥n tambi√©n le llaman Kajal Yuk Quixcab, que tiene el mismo significado.
El Tzultak?a siempre ha vivido en una cueva y contin√ļa viviendo en las cuevas y en los cerros de la Alta Verapaz.¬† Ten√≠a una hija llamada Cana Po que se dedicaba a los oficios dom√©sticos y como una buena muchacha tambi√©n le gustaba tejer y bordaba en sus tejidos todos los acontecimientos del d√≠a.
 
¬†La hija del Tzultak?a era la Luna y todos los d√≠as pasaba cerca de su casa Xbalamk?e que era el Sol y quien trataba de impresionarla porque se hab√≠a enamorado de ella.¬† Para que se diera cuenta de que era un hombre muy importante, pasaba todos los d√≠as cerca de la casa llevando como presa un venado.¬† Cada vez que la se√Īorita Luna ve√≠a pasar a Xbalamk?e se sent√≠a impresionada y comentaba que ese hombre era un buen cazador.¬† Un d√≠a le dijo a su pap√°, el Tzultak?a que para ella aquel hombre era muy atractivo y que estaba segura que √©l tambi√©n le correspond√≠a con el mismo atractivo que ella sent√≠a por √©l.
El padre le respondió a su hija: read more

El cuento del violinista

viernes, septiembre 14, 2012 @ 12:09 PM
posted by josue19

no hija, ya te he dicho una y mil veces que Eduardo no te conviene para esposo,

no tiene ning√ļn porvenir. Es un bohemio; no es por dese√°rselo,
pero una de tantas va a parar muy mal….
Los rega√Īos constantes torturaban la mente del Maria del Rosario,
que enamorada de Eduardo, le importaban poco sus vicios
y lo que de él se dijera. Estaba dispuesta a llevar hasta
el √ļltimo momento su noviazgo con el apuesto m√ļsico
que era el motivo de su vida, el hombre que ella realmente
amaba con todas la fuerzas de su ser.

http://victorgt.typepad.com/.a/6a0133f3df78f5970b0133f3dfbbb8970b-pi

Los domingos, cuando los padres de Maria del Rosario
disponían llevarla a sitios de recreo, ella ponía cualquier 
pretexto para quedarse en casa, sobornar a la criada y verse a solas con Eduardo.     
El muchacho se la ingeniaba para saltar por la  parte trasera de la casa
y verse en el amplio jard√≠n con la mujer de sus sue√Īos.
Cuando el sabia que los padres no estaban, aprovechaba para llevar su peque√Īo estuche
y sacar el violín para que su amada escuchara lo que el tocaba,
con sentimiento y dedicatoria para la mujer que  él amaba intensamente. 
Las visitas se sucedieron una tras otra y a pesar de que los padres se seguían 
 oponiendo a las relaciones, ella cada día lo amaba más y más. 
  Aquel amor platónico llegó a un extremo trágico cuando a Eduardo
le negaron definitivamente la amistad de María del Rosario,
al enviarla lejos del solar patrio,
rumbo a un colegio inglés de donde no regreso jamás. 
Eduardo se dedicó a la bebida, llegando al extremo de dar conciertos
en los fondines de baja estofa. Ganaba √ļnicamente para beber licor,
para ahora sus penas y olvidar u pasado que le atormentaba brutalmente.
Por aquellos lejanos a√Īos hab√≠a peque√Īos bares donde la pianola,
la guitarra o bien la marimbita de  acero hacía más agradable el  momento
a los parroquianos. Eduardo en uno de esos lugares laboraba,
ejecutando con su violín las mas bellas canciones románticas de la época,
haciendo estremecer el corazón de los bohemios que allí tomaban alegremente.
guayo, tócate algo dela viuda alegre.
solicitaban los consumidores, el pago era otra copa repleta
que el tomaba para sumirlo más en la desesperación, en el vicio y en la soledad. 
Salía despacio, poco a poco, cuando cerraban el negocio y ya no había a quien entretener.
Eduardo¬† viv√≠a en un peque√Īo cuarto del Callej√≥n de Santa Teresa,
  y hacia allí encaminaba sus pasos  pensando en alguien que muy lejos estaba,
ignorando sus desgracia y desesperación.
¬† All√≠ platicando con la almohada y llorando como un ni√Īo,
se quedaba dormido para despertarse al otro día muy temprano
y salir nuevamente con el viol√≠n bajo el brazo a dar algunas clases de m√ļsica
a hijos de padres acomodados.
Guayo se conformaba con pasar frente a la casa donde
había vivido Maria del    Rosario,con ver el viejo balcón,
la puerta grande y otras cosas que le parecían familiares;
sentía un alivio transitorio y nuevamente su pensamiento
volvía lejos, muy lejos, quien sabe a que regiones distantes. 
Un día de tantos  que pasaba frente a la casa vio que la Petronila,
la criada de la casa de confianza, salía completamente de luto
corriendo hacia la casa de enfrente. Eduardo se quedo como paralizado
viendo que el movimiento se acrecentaba a cada minuto.
Cuando la criada regresó le preguntó con disimulo qué pasaba
‚Äď Por Dios Santo, don Guayo ‚Äď exclamo la Petronila-
la ni√Īa muri√≥ hace 15 d√≠as, y hasta hoy supimos la noticia …..
La nueva invadió el raquítico cuerpo y corazón de Eduardo
y lo sacudi√≥ desde las u√Īas hasta el cabello:
se quedo pensativo a media calle y nuevamente emprendió el camino   
  rumbo a su cuarto del callejón de Santa Teresa. 
De allí no salió hasta tres días después, la tristeza lo agobiaba
y una tos constante lo hacia su víctima;
caminaba como un autómata por las calles, sin saludar a nadie.
Un d√≠a de tantos, una ma√Īana lluviosa y gris como su existencia,
lo encontraron muerto en el cuartucho del viejo callejón.
    Los pocos amigos que tenía, como pudieron reunieron dinero
para comprarle un tosco ata√ļd,
meterlo en el mismo y darle cristiana sepultura. 
Cuando le vieron por ultima vez antes de introducirlo en la fosa,
notaron en su cara una sonrisa de satisfacción,
quizás adivinando el próximo encuentro con su amada,
a la que ya no volvió a ver desde que se fue para siempre. 
Contaban los vecinos, y especialmente la Petronila,
que por las noches de luna en el enorme jardín de la casona antigua
se escuchaban sus pasos y las notas del violín hacían mas notorias
cuando el viento soplaba en sentido favorable.

 

 

libre encuentro, cielo de amor, libre sentimiento, tesoro infantil, ultimo cielo, memorias rentadas, asiste libros, facturas electronicas

off

Cuentos

martes, septiembre 4, 2012 @ 03:09 PM
posted by josue19

 

EL ENANO SALTAR√ćN

Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidi√≥ pasear por sus dominios, que inclu√≠an una peque√Īa aldea en la que viv√≠a un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero minti√≥ para darse importancia: – Adem√°s de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hil√°ndola con una rueca. El rey, francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dud√≥ un instante y la llev√≥ con √©l a palacio.

Una vez en el castillo, el rey orden√≥ que condujesen a la hija del molinero a una habitaci√≥n repleta de paja, donde hab√≠a tambi√©n una rueca: – Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre dec√≠a la verdad y convertir esta paja en oro. De lo contrario, ser√°s desterrada. La pobre ni√Īa llor√≥ desconsolada, pero he aqu√≠ que apareci√≥ un estrafalario enano que le ofreci√≥ hilar la paja en oro a cambio de su collar.

La hija del molinero le entreg√≥ la joya y… zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no qued√≥ ni una brizna de paja y la habitaci√≥n refulg√≠a por el oro. Cuando el rey vio la proeza, guiado por la avaricia, espet√≥: – Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitaci√≥n. – Y le se√Īal√≥ una estancia m√°s grande y m√°s repleta de oro que la del d√≠a anterior.

La muchacha estaba desesperada, pues cre√≠a imposible cumplir la tarea pero, como el d√≠a anterior, apareci√≥ el enano saltar√≠n: – ¬ŅQu√© me das si hilo la paja para convertirla en oro? – pregunt√≥ al hacerse visible. – S√≥lo tengo esta sortija – Dijo la doncella tendi√©ndole el anillo. – Empecemos pues, – respondi√≥ el enano. Y zis-zas, zis-zas, toda la paja se convirti√≥ en oro hilado.

Pero la codicia del rey no ten√≠a fin, y cuando comprob√≥ que se hab√≠an cumplido sus √≥rdenes, anunci√≥: – Repetir√°s la haza√Īa una vez m√°s, si lo consigues, te har√© mi esposa – Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un molinero, nunca encontrar√≠a mujer con dote mejor. Una noche m√°s llor√≥ la muchacha, y de nuevo apareci√≥ el grotesco enano: – ¬ŅQu√© me dar√°s a cambio de solucionar tu problema? – Pregunt√≥, saltando, a la chica.

– No tengo m√°s joyas que ofrecerte – y pensando que esta vez estaba perdida, gimi√≥ desconsolada. – Bien, en ese caso, me dar√°s tu primer hijo – demand√≥ el enanillo. Acept√≥ la muchacha: ‚ÄúQui√©n sabe c√≥mo ir√°n las cosas en el futuro‚ÄĚ – Dijo para sus adentros. Y como ya hab√≠a ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a medida que el extra√Īo ser la hilaba.

Cuando el rey entr√≥ en la habitaci√≥n, sus ojos brillaron m√°s a√ļn que el oro que estaba contemplando, y convoc√≥ a sus s√ļbditos para la celebraci√≥n de los esponsales. Vivieron ambos felices y al cabo de un a√Īo, tuvieron un precioso reto√Īo. La ahora reina hab√≠a olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se asust√≥ enormemente cuando una noche apareci√≥ el duende saltar√≠n reclamando su recompensa.

– Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te dar√© todo lo que quieras. – ¬ŅC√≥mo puedes comparar el valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo – exigi√≥ el desali√Īado enano. Pero tanto rog√≥ y suplic√≥ la mujer, que conmovi√≥ al enano: – Tienes tres d√≠as para averiguar cu√°l es mi nombre, si lo aciertas, dejar√© que te quedes con el ni√Īo.

Por m√°s que pens√≥ y se devan√≥ los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la respuesta correcta. Al tercer d√≠a, envi√≥ a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos cont√≥ la an√©cdota de un duende al que hab√≠a visto saltar a la puerta de una peque√Īa caba√Īa cantando: – ‚ÄúYo s√≥lo tejo, a nadie amo y Rumpelstilzchen me llamo‚ÄĚ

Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó: Р¡Te llamas Rumpelstilzchen! Р¡No puede ser! Рgritó él Р¡No lo puedes saber! ¡Te lo ha dicho el diablo! РY tanto y tan grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.

EL MAGO MERLIN

Hace muchos a√Īos, cuando Inglaterra no era m√°s que un pu√Īado de reinos que batallaban entre s√≠, vino al mundo Arturo, hijo del rey Uther.

La madre del ni√Īo muri√≥ al poco de nacer √©ste, y el padre se lo entreg√≥ al mago Merl√≠n con el fin de que lo educara. El mago Merl√≠n decidi√≥ llevar al peque√Īo al castillo de un noble, quien, adem√°s, ten√≠a un hijo de corta edad llamado Kay. Para garantizar la seguridad del pr√≠ncipe Arturo, Merl√≠n no descubri√≥ sus or√≠genes.

Cada d√≠a Merl√≠n explicaba al peque√Īo Arturo todas las ciencias conocidas y, como era mago, incluso le ense√Īaba algunas cosas de las ciencias del futuro y ciertas f√≥rmulas m√°gicas.

Los a√Īos fueron pasando y el rey Uther muri√≥ sin que nadie le conociera descendencia. Los nobles acudieron a Merl√≠n para encontrar al monarca sucesor. Merl√≠n hizo aparecer sobre una roca una espada firmemente clavada a un yunque de hierro, con una leyenda que dec√≠a:

“Esta es la espada Excalibur. Quien consiga sacarla de este yunque, ser√° rey de Inglaterra”

Los nobles probaron fortuna pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no consiguieron mover la espada ni un milímetro. Arturo y Kay, que eran ya dos apuestos muchachos, habían ido a la ciudad para asistir a un torneo en el que Kay pensaba participar.

Cuando ya se aproximaba la hora, Arturo se dio cuenta de que había olvidado la espada de Kay en la posada. Salió corriendo a toda velocidad, pero cuando llegó allí, la puerta estaba cerrada.

Arturo no sab√≠a qu√© hacer. Sin espada, Kay no podr√≠a participar en el torneo. En su desesperaci√≥n, mir√≥ alrededor y descubri√≥ la espada Excalibur. Acerc√°ndose a la roca, tir√≥ del arma. En ese momento un rayo de luz blanca descendi√≥ sobre √©l y Arturo extrajo la espada sin encontrar la menor resistencia. Corri√≥ hasta Kay y se la ofreci√≥. Kay se extra√Ī√≥ al ver que no era su espada.

Arturo le explic√≥ lo ocurrido. Kay vio la inscripci√≥n de “Excalibur” en la espada y se lo hizo saber a su padre. √Čste orden√≥ a Arturo que la volviera a colocar en su lugar. Todos los nobles intentaron sacarla de nuevo, pero ninguno lo consigui√≥. Entonces Arturo tom√≥ la empu√Īadura entre sus manos. Sobre su cabeza volvi√≥ a descender un rayo de luz blanca y Arturo extrajo la espada sin el menor esfuerzo.

Todos admitieron que aquel muchachito sin ning√ļn t√≠tulo conocido deb√≠a llevar la corona de Inglaterra, y desfilaron ante su trono, jur√°ndole fidelidad. Merl√≠n, pensando que Arturo ya no le necesitaba, se retir√≥ a su morada.

Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando algunos nobles se alzaron en armas contra el rey Arturo. Merlín proclamó que Arturo era hijo del rey Uther, por lo que era rey legítimo. Pero los nobles siguieron en guerra hasta que, al fin, fueron derrotados gracias al valor de Arturo, ayudado por la magia de Merlín.

Para evitar que lo ocurrido volviera a repetirse, Arturo cre√≥ la Tabla Redonda, que estaba formada por todos los nobles leales al reino. Luego se cas√≥ con la princesa Ginebra, a lo que siguieron a√Īos de prosperidad y felicidad tanto para Inglaterra como para Arturo.

“Ya puedes seguir reinando sin necesidad de mis consejos -le dijo Merl√≠n a Arturo-. Contin√ļa siendo un rey justo y el futuro hablar√° de t√≠”

LA GALLINA ROJA

Había una vez una gallina roja llamada Marcelina, que vivía en una granja rodeada de muchos animales. Era una granja muy grande, en medio del campo. En el establo vivían las vacas y los caballos; los cerdos tenían su propia cochiquera. Había hasta un estanque con patos y un corral con muchas gallinas. Había en la granja también una familia de granjeros que cuidaba de todos los animales.
Un día la gallinita roja, escarbando en la tierra de la granja, encontró un grano de trigo. Pensó que si lo sembraba crecería y después podría hacer pan para ella y todos sus amigos.
-¬ŅQui√©n me ayudar√° a sembrar el trigo? les pregunt√≥.
– Yo no, dijo el pato.
– Yo no, dijo el gato.
– Yo no, dijo el perro.
РMuy bien, pues lo sembraré yo, dijo la gallinita.

Y as√≠, Marcelina sembr√≥ sola su grano de trigo con mucho cuidado. Abri√≥ un agujerito en la tierra y lo tap√≥. Pas√≥ alg√ļn tiempo y al cabo el trigo creci√≥ y madur√≥, convirti√©ndose en una bonita planta.
-¬ŅQui√©n me ayudar√° a segar el trigo? pregunt√≥ la gallinita roja.
– Yo no, dijo el pato.
– Yo no, dijo el gato.
– Yo no, dijo el perro.
РMuy bien, si no me queréis ayudar, lo segaré yo, exclamó Marcelina.

Y la gallina, con mucho esfuerzo, seg√≥ ella sola el trigo. Tuvo que cortar con su piquito uno a uno todos los tallos. Cuando acab√≥, habl√≥ muy cansada a sus compa√Īeros:
-¬ŅQui√©n me ayudar√° a trillar el trigo?
– Yo no, dijo el pato.
– Yo no, dijo el gato.
– Yo no, dijo el perro.
РMuy bien, lo trillaré yo.

Estaba muy enfadada con los otros animales, así que se puso ella sola a trillarlo. Lo trituró con paciencia hasta que consiguió separar el grano de la paja. Cuando acabó, volvió a preguntar:
-¬ŅQui√©n me ayudar√° a llevar el trigo al molino para convertirlo en harina?
– Yo no, dijo el pato.
– Yo no, dijo el gato.
– Yo no, dijo el perro.
РMuy bien, lo llevaré y lo amasaré yo, contestó Marcelina.

Y con la harina hizo una hermosa y jugosa barra de pan. Cuando la tuvo terminada, muy tranquilamente preguntó:
– Y ahora, ¬Ņqui√©n comer√° la barra de pan? volvi√≥ a preguntar la gallinita roja.
-¬°Yo, yo! dijo el pato.
-¬°Yo, yo! dijo el gato.
-¬°Yo, yo! dijo el perro.
-¡Pues NO os la comeréis ninguno de vosotros! contestó Marcelina. Me la comeré yo, con todos mis hijos. Y así lo hizo. Llamó a sus pollitos y la compartió con ellos.