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Cuentos

martes, septiembre 4, 2012 @ 03:09 PM
posted by josue19

 

EL ENANO SALTAR√ćN

Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidi√≥ pasear por sus dominios, que inclu√≠an una peque√Īa aldea en la que viv√≠a un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero minti√≥ para darse importancia: – Adem√°s de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hil√°ndola con una rueca. El rey, francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dud√≥ un instante y la llev√≥ con √©l a palacio.

Una vez en el castillo, el rey orden√≥ que condujesen a la hija del molinero a una habitaci√≥n repleta de paja, donde hab√≠a tambi√©n una rueca: – Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre dec√≠a la verdad y convertir esta paja en oro. De lo contrario, ser√°s desterrada. La pobre ni√Īa llor√≥ desconsolada, pero he aqu√≠ que apareci√≥ un estrafalario enano que le ofreci√≥ hilar la paja en oro a cambio de su collar.

La hija del molinero le entreg√≥ la joya y… zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no qued√≥ ni una brizna de paja y la habitaci√≥n refulg√≠a por el oro. Cuando el rey vio la proeza, guiado por la avaricia, espet√≥: – Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitaci√≥n. – Y le se√Īal√≥ una estancia m√°s grande y m√°s repleta de oro que la del d√≠a anterior.

La muchacha estaba desesperada, pues cre√≠a imposible cumplir la tarea pero, como el d√≠a anterior, apareci√≥ el enano saltar√≠n: – ¬ŅQu√© me das si hilo la paja para convertirla en oro? – pregunt√≥ al hacerse visible. – S√≥lo tengo esta sortija – Dijo la doncella tendi√©ndole el anillo. – Empecemos pues, – respondi√≥ el enano. Y zis-zas, zis-zas, toda la paja se convirti√≥ en oro hilado.

Pero la codicia del rey no ten√≠a fin, y cuando comprob√≥ que se hab√≠an cumplido sus √≥rdenes, anunci√≥: – Repetir√°s la haza√Īa una vez m√°s, si lo consigues, te har√© mi esposa – Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un molinero, nunca encontrar√≠a mujer con dote mejor. Una noche m√°s llor√≥ la muchacha, y de nuevo apareci√≥ el grotesco enano: – ¬ŅQu√© me dar√°s a cambio de solucionar tu problema? – Pregunt√≥, saltando, a la chica.

– No tengo m√°s joyas que ofrecerte – y pensando que esta vez estaba perdida, gimi√≥ desconsolada. – Bien, en ese caso, me dar√°s tu primer hijo – demand√≥ el enanillo. Acept√≥ la muchacha: ‚ÄúQui√©n sabe c√≥mo ir√°n las cosas en el futuro‚ÄĚ – Dijo para sus adentros. Y como ya hab√≠a ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a medida que el extra√Īo ser la hilaba.

Cuando el rey entr√≥ en la habitaci√≥n, sus ojos brillaron m√°s a√ļn que el oro que estaba contemplando, y convoc√≥ a sus s√ļbditos para la celebraci√≥n de los esponsales. Vivieron ambos felices y al cabo de un a√Īo, tuvieron un precioso reto√Īo. La ahora reina hab√≠a olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se asust√≥ enormemente cuando una noche apareci√≥ el duende saltar√≠n reclamando su recompensa.

– Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te dar√© todo lo que quieras. – ¬ŅC√≥mo puedes comparar el valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo – exigi√≥ el desali√Īado enano. Pero tanto rog√≥ y suplic√≥ la mujer, que conmovi√≥ al enano: – Tienes tres d√≠as para averiguar cu√°l es mi nombre, si lo aciertas, dejar√© que te quedes con el ni√Īo.

Por m√°s que pens√≥ y se devan√≥ los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la respuesta correcta. Al tercer d√≠a, envi√≥ a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos cont√≥ la an√©cdota de un duende al que hab√≠a visto saltar a la puerta de una peque√Īa caba√Īa cantando: – ‚ÄúYo s√≥lo tejo, a nadie amo y Rumpelstilzchen me llamo‚ÄĚ

Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó: Р¡Te llamas Rumpelstilzchen! Р¡No puede ser! Рgritó él Р¡No lo puedes saber! ¡Te lo ha dicho el diablo! РY tanto y tan grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.

EL MAGO MERLIN

Hace muchos a√Īos, cuando Inglaterra no era m√°s que un pu√Īado de reinos que batallaban entre s√≠, vino al mundo Arturo, hijo del rey Uther.

La madre del ni√Īo muri√≥ al poco de nacer √©ste, y el padre se lo entreg√≥ al mago Merl√≠n con el fin de que lo educara. El mago Merl√≠n decidi√≥ llevar al peque√Īo al castillo de un noble, quien, adem√°s, ten√≠a un hijo de corta edad llamado Kay. Para garantizar la seguridad del pr√≠ncipe Arturo, Merl√≠n no descubri√≥ sus or√≠genes.

Cada d√≠a Merl√≠n explicaba al peque√Īo Arturo todas las ciencias conocidas y, como era mago, incluso le ense√Īaba algunas cosas de las ciencias del futuro y ciertas f√≥rmulas m√°gicas.

Los a√Īos fueron pasando y el rey Uther muri√≥ sin que nadie le conociera descendencia. Los nobles acudieron a Merl√≠n para encontrar al monarca sucesor. Merl√≠n hizo aparecer sobre una roca una espada firmemente clavada a un yunque de hierro, con una leyenda que dec√≠a:

“Esta es la espada Excalibur. Quien consiga sacarla de este yunque, ser√° rey de Inglaterra”

Los nobles probaron fortuna pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no consiguieron mover la espada ni un milímetro. Arturo y Kay, que eran ya dos apuestos muchachos, habían ido a la ciudad para asistir a un torneo en el que Kay pensaba participar.

Cuando ya se aproximaba la hora, Arturo se dio cuenta de que había olvidado la espada de Kay en la posada. Salió corriendo a toda velocidad, pero cuando llegó allí, la puerta estaba cerrada.

Arturo no sab√≠a qu√© hacer. Sin espada, Kay no podr√≠a participar en el torneo. En su desesperaci√≥n, mir√≥ alrededor y descubri√≥ la espada Excalibur. Acerc√°ndose a la roca, tir√≥ del arma. En ese momento un rayo de luz blanca descendi√≥ sobre √©l y Arturo extrajo la espada sin encontrar la menor resistencia. Corri√≥ hasta Kay y se la ofreci√≥. Kay se extra√Ī√≥ al ver que no era su espada.

Arturo le explic√≥ lo ocurrido. Kay vio la inscripci√≥n de “Excalibur” en la espada y se lo hizo saber a su padre. √Čste orden√≥ a Arturo que la volviera a colocar en su lugar. Todos los nobles intentaron sacarla de nuevo, pero ninguno lo consigui√≥. Entonces Arturo tom√≥ la empu√Īadura entre sus manos. Sobre su cabeza volvi√≥ a descender un rayo de luz blanca y Arturo extrajo la espada sin el menor esfuerzo.

Todos admitieron que aquel muchachito sin ning√ļn t√≠tulo conocido deb√≠a llevar la corona de Inglaterra, y desfilaron ante su trono, jur√°ndole fidelidad. Merl√≠n, pensando que Arturo ya no le necesitaba, se retir√≥ a su morada.

Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando algunos nobles se alzaron en armas contra el rey Arturo. Merlín proclamó que Arturo era hijo del rey Uther, por lo que era rey legítimo. Pero los nobles siguieron en guerra hasta que, al fin, fueron derrotados gracias al valor de Arturo, ayudado por la magia de Merlín.

Para evitar que lo ocurrido volviera a repetirse, Arturo cre√≥ la Tabla Redonda, que estaba formada por todos los nobles leales al reino. Luego se cas√≥ con la princesa Ginebra, a lo que siguieron a√Īos de prosperidad y felicidad tanto para Inglaterra como para Arturo.

“Ya puedes seguir reinando sin necesidad de mis consejos -le dijo Merl√≠n a Arturo-. Contin√ļa siendo un rey justo y el futuro hablar√° de t√≠”

LA GALLINA ROJA

Había una vez una gallina roja llamada Marcelina, que vivía en una granja rodeada de muchos animales. Era una granja muy grande, en medio del campo. En el establo vivían las vacas y los caballos; los cerdos tenían su propia cochiquera. Había hasta un estanque con patos y un corral con muchas gallinas. Había en la granja también una familia de granjeros que cuidaba de todos los animales.
Un día la gallinita roja, escarbando en la tierra de la granja, encontró un grano de trigo. Pensó que si lo sembraba crecería y después podría hacer pan para ella y todos sus amigos.
-¬ŅQui√©n me ayudar√° a sembrar el trigo? les pregunt√≥.
– Yo no, dijo el pato.
– Yo no, dijo el gato.
– Yo no, dijo el perro.
РMuy bien, pues lo sembraré yo, dijo la gallinita.

Y as√≠, Marcelina sembr√≥ sola su grano de trigo con mucho cuidado. Abri√≥ un agujerito en la tierra y lo tap√≥. Pas√≥ alg√ļn tiempo y al cabo el trigo creci√≥ y madur√≥, convirti√©ndose en una bonita planta.
-¬ŅQui√©n me ayudar√° a segar el trigo? pregunt√≥ la gallinita roja.
– Yo no, dijo el pato.
– Yo no, dijo el gato.
– Yo no, dijo el perro.
РMuy bien, si no me queréis ayudar, lo segaré yo, exclamó Marcelina.

Y la gallina, con mucho esfuerzo, seg√≥ ella sola el trigo. Tuvo que cortar con su piquito uno a uno todos los tallos. Cuando acab√≥, habl√≥ muy cansada a sus compa√Īeros:
-¬ŅQui√©n me ayudar√° a trillar el trigo?
– Yo no, dijo el pato.
– Yo no, dijo el gato.
– Yo no, dijo el perro.
РMuy bien, lo trillaré yo.

Estaba muy enfadada con los otros animales, así que se puso ella sola a trillarlo. Lo trituró con paciencia hasta que consiguió separar el grano de la paja. Cuando acabó, volvió a preguntar:
-¬ŅQui√©n me ayudar√° a llevar el trigo al molino para convertirlo en harina?
– Yo no, dijo el pato.
– Yo no, dijo el gato.
– Yo no, dijo el perro.
РMuy bien, lo llevaré y lo amasaré yo, contestó Marcelina.

Y con la harina hizo una hermosa y jugosa barra de pan. Cuando la tuvo terminada, muy tranquilamente preguntó:
– Y ahora, ¬Ņqui√©n comer√° la barra de pan? volvi√≥ a preguntar la gallinita roja.
-¬°Yo, yo! dijo el pato.
-¬°Yo, yo! dijo el gato.
-¬°Yo, yo! dijo el perro.
-¡Pues NO os la comeréis ninguno de vosotros! contestó Marcelina. Me la comeré yo, con todos mis hijos. Y así lo hizo. Llamó a sus pollitos y la compartió con ellos.

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