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Alfaro varillas Eddy

El mayor problema de la democracia guatemalteca radica en el libertinaje. En el abuso de los instrumentos con los cuales podríamos convivir, digamos, sin imponer nuestra voluntad sobre la de los demás. La democracia, para nosotros, no es más que una euforia cuasi-sicodélica en donde el opinionismo pendenciero devela una fragmentación social sin precedentes, cuya muestra fehaciente la constituyen las trincheras histéricas desde donde cada persona arremete con su arsenal contra quien se le ponga enfrente.
Podríamos, si quisiéramos, discutir sin insultar; proponer sin imponer, criticar sin agredir. Sin embargo, en nuestro medio, en nuestro promiscuo pequeño pueblo, esto es una utopía.
No bastaron las dictaduras de Manuel Estrada Cabrera y de Jorge Ubico a principios del siglo pasado ni las militares y oligárquicas con las que terminamos esos cien años de ignominia (la excepción la constituye el período de 1944 a 1954) para que tomásemos conciencia de la ineludible necesidad de no volver a repetirlas.
El fin del enfrentamiento armado interno con la firma de los Acuerdos de Paz nos enseñó poco o nada. Pareciera como si extrañásemos aquellos años cuando el solo hecho de salir de nuestras viviendas era de por sí un acto temerario. Terminamos una guerra para configurar otra y adoptamos la democracia para criar una atlética cuando no elástica dictadura: la mediática.
Esta dictadura, sutil pero efectiva, se ha fogueado ahora que el escritor Mario Roberto Morales ha debido abandonar, con dignidad y honorabilidad por cierto, el espacio que dos veces por semana ocupó hasta el 24 del presente mes en la sección editorial del periódico Siglo Veintiuno, donde destacó durante 12 años como columnista sagaz, agudo y polémico.